lunes, 16 de diciembre de 2013

Logogrifo




Misterio de una respuesta equivocada, el fondo de una seca botella. Punto negro, quizá blanco, bebedizo, quizá bálsamo.

Sueño de las larvas, tranco del tiempo, espejo o retrato en movimiento. Manecilla, quizá segundero. Ermitaño en el azul gris más gris que azul.

Borde de la respiración, calor de los ríos de almas, blanco a final de cuentas. Piensa por un momento, después de todo el mundo es tuyo.

Vientre entre la mente, entre flores, reinas y plebeyos, unas llaves que no abren nada, entre el polvo y la miel, entre aves y piedras. Dueño de las vidas, esgrima ganada, el punto clave de toda pregunta no contestada.

Observa caer sus manos, mirada perdida, rincón profundo de la distancia, paso de los segundos. Señoras y señores, se agota y se aleja como un par de nubes en el horizonte.

Mayo 2002




jueves, 12 de diciembre de 2013

Out of the league


It's decided: Out of the league


Así las cosas


martes, 10 de diciembre de 2013

Sus vallas otra vez

Ya están sus muros nuevamente anunciándose en la acera, protegiendo sus repartos, ocultando sus arreglos, resguardando el festín y la carroña. Sólo son presagio de malas noticias, retardo de las esperas, amparan sus temores, ocultan su miseria.
Ya están sus muros nuevamente, recordando los abismo, las distancias, la palabra arrebatada y silenciada. Rodeados ya están, la gente se pregunta si acaso vergüenza conocerán, sus manitas levantarán como micos y luego se menearán al ritmo de la Roque señal.
Absurdo espacio el de este lado que todo se traga y al mismo tiempo nada. De este lado de la valla hambre, extorsiones, secuestros, narcotráfico, del otro lado opulencia, primer mundo, risas, encanto, viajes, excentricidad y toda clase de placeres. Del otro lado de la valla, estafar, acaparar, contener y limitar, todo es legal, de este lado acaso intentar robar un pan, ni pensar, delito mortal. 
Son ustedes y sus vallas y somos nosotros y la añoranza. Son los que las pueden, los que las tienen de todas todas, los que se ocultan entre muros porque, sólo así saben ganar. no conocen otro modo, no hay más, nuestra obligación moral de buenos ciudadanos es de vez en cuando salir a votar y callar, a nosotros nos toca alimentarlos, pagar las vacaciones de sus hijos en Dubai y ocuparnos para que sus almohadas tengan suficientes plumas donde descansar.
Ya están sus muros altos recordando que siempre van a querer más, que estamos separados, alejados, divididos, que el consuelo nuestro sean los ídolos, los dioses, los programas en horario estelar ¿Así nos vamos a quedar?

NO NOS REPRESENTAN

                       


lunes, 9 de diciembre de 2013

Yo tímido

A quien corresponda:

Si yo no fuera tímido seguramente los caminos serían más cortos, quizá las personas no tendrían tantos añadidos o quizá algunas no me serían tan indolentes. Lo más probable es que no estaría donde estoy. Los nombres serían más perdurables, mi memoria más extensa y mi promedio escolar una chulada. Quizá ya habría construido un palacete o viviría en otro continente.

Si yo no fuera tímido llegaría a tiempo a todas mis citas, mi cabeza y mi ropa estarían siempre secas, siempre listas. No lo sé, pero probablemente los bailes serían más frecuentemente con una mano en el hombro, quizá el silencio sería más consustancial o habría más palabras que miradas.

Si yo no fuera tímido las cosas no estarían tan gastadas, quizá durarían un poco más, tendría más tiempo para tener mis manos libres, el tintero duraría más, los cuadernos tendrían más hojas blancas y menos dibujos, el computador más memoria, quizá podría expresar abiertamente que hay momentos en los que me encanta la soledad. Respirar despacio sería más normal y mi labio no tendría que ser mordido para que deje de temblar.

Si yo no fuera timido no habría necesidad de usar "suberfugios", "pasadizos", "rutas de escape", "salidas de emergencia", "evasivas" como los nombra el sentido común y la lógica de la sociedad. Quizá todo sería más natural y la normatividad social no sería un malestar estomacal, habría usado el tiempo en aprender a esquiar y no en aprender a socializar, si yo no fuera tímido las ofensas me dolerían más, quizá estaría siempre buscando donde reclinar la cabeza o hacer fiesta o no hacerla me daría igual. No tendría que correr todo el tiempo, quizá ya hubiera llegado, aunque podría ser también que no tuviera a donde llegar. 

Si yo no fuera tímido habría una gran probabilidad de ser un hombre satisfecho, bien adaptado, bastante convencional, es decir, normal. Pero nada de eso quiero, unidad no es homogeneidad. Quizá no me hubiera visto en la necesidad de abrir la sensibilidad, de conocer mis limitaciones, quizá no habría tiempo o sentido alguno en mirar ninguna alteridad, no lo sé, pero quizá no disfrutaría tanto como disfruto los buenos momentos y las buenas compañías, quizá no disfrutaría de las cosas más sencillas, ni me atrevería a dormir en la intemperie o junto a los ratones, quizá no hubiera necesitado aprender la maravillosa habilidad de reirme de mi mismo o tantas cosas más.

Pero de algo estoy seguro, si yo no fuera timido intentar estar junto a ti sería más facil, como algo connatural, sonreir, hablar, sonreir. Para estar contigo el camino para mí es más largo, dar un paso o dos y ya está, camino complicado, aún así lo quiero cruzar. No soy lo suficientemente tímido para pasarme toda la vida sólo imaginándote.

Como diría el cubano Octavio Farrés "quizás, quizás, quizás", nada es seguro, todo es posibilidad.


Un poquito nada más



lunes, 11 de noviembre de 2013

¿A qué huelen los dioses?

Es una terrible pérdida la que te aqueja. Qué lamentable crisis la de tu sistema olfativo. El aire ya no es el mismo, ya no se espanta con tu presencia. Te has destruido los nervios y el bulbo olfatorio se te ha llenado de voluptuosidad y magia, de sensualidad, de buenos venenos, dulces aromas de madera y sus frutos, de flores, lirios y suaves pieles. 

Se te ha hipnotizado el sentido y el borde de los senos paranasales. Estás atrapado. Hechizado por la nariz, por el color y la transparencia del aire que huele bonito, del aire fanfarrón y altivo y de sus manos seductoras. Si el aire tuviera una mirada te observaría directo a las pupilas para mostrarte las bondades del mundo, si tuviera una voz sonaría como un armonioso oboe y te arrastraría por un camino de placeres y deseos. Todo está bien ahora, aquí no pasa nada, porque todo huele bien y eso es bueno.

Lo que me preocupa en realidad es que se te han perdido los malos olores, se han ido y lo lamento hasta los huesos. Se te ha olvidado el olor de la calle y sus cloacas, de los colchones húmedos, de los ríos podridos, de las casas abandonadas o de las saturadas. Ya nada puede ser igual, ningún sentido de la balanza, se te han borrado la justicia y las simetrías, la geografía y sus genéticas, el poder ya no tiene límites. Ya no percibes las notas de la pobreza, las resinas de la fealdad, o el éter de los estómagos vacíos y las gargantas secas. Como si se hubiese eternizado la estética y sus occidentes.

Aún peor, y te compadezco, es que ya no sabes reconocer el quemante aroma de tu cuarto vacío, del sudor de tus pies o tus excrementos, de tu boca o de tu ropa sucia, de las bacterias muertas que te habitan, de tu fragilidad, de tu humanidad pues. 

Con todo esto me pregunto ¿A qué huelen los dioses?

Espero se resuelva tu problema, busca un buen otorrinolaringólogo, si no funciona busca algún alquimista o algún yerbero que te bañe de inciensos y bálsamos para que te purifique tu lóbulo frontal y esa triste nariz. No todo está perdido, ahora podrás acercarte, si así lo quieres, a todo aquello que antes tanto despreciabas.




martes, 22 de octubre de 2013

Sólo piensan en llegar

Dicen en la plaza que se quedaron casi desnudos y una señora se perdió sabe dónde, que unos cuántos pesos no les sirven de nada, que el pinchi coyote se quedó con su lana. Para qué entonces, los niños ya no quieren caminar más, que se les acabaron los gansitos y los churritos y apenas les quedó un poco de agua, que sus zapatos yastán bien rotos, que allá en los iunaites se comprarán una pizza, de esas que son de piña, y una coca fría, la neta ahora sólo piensan en llegar.

Lejanas noticias en el camino.





miércoles, 21 de agosto de 2013

Uno no tiene la culpa

Algo me ha enseñado la vida, que hay que saberse a uno mismo, con todas sus posibilidades e imposibilidades y hacer lo que se pueda, también me ha enseñado que existe gente que le genera culpa, ansiedad o miedo o algo en el alma, su ausencia de libertad para reconocerse, para asimilarse, para asumir su rostro, su pequeñez, las ausencias o carencias de su fugaz existencia, y cuyo salvamento pueril para asirse a la vida es su conciencia ministerial y moralista de lo correcto y lo incorrecto, sus prejuicios racionalistas que les dictan manuales de cómo se deben hacer las cosas y su mirada policiaca, y por lo tanto estrecha, pendiente siempre de lo que otros hacen o dicen. Pero la verdad es que uno no tiene la culpa.



miércoles, 3 de julio de 2013

Días de tormenta

Es el huracán de los días de tormenta, recostado sobre la alfombra, a tu lado, abrazados, contagiando el aire de su olor a tiempo. En este mar escondido entre cuatro paredes, cuyo oleaje se evapora mientras hablamos y sólo mi estómago se aquieta con una música de pianos y tambores.

Mis manos se apestan a tabaco incinerado. Suerte del humo que se va al cielo y mira todo desde arriba, ensuciando las narices, nublando la vista y las conciencias.

Y los ladridos quietos inundan mis oidos, es lo único que escucho, es lo único que retumba, es lo único que sé, por ahora...

Enero 2004




Antes de Dios




REFLEJO


Del mismo lado en que escribo, he olido mi aliento seco frente al espejo.
Veo estaño corroído y cepillos con cerdas gastadas.

Y no veo más que un cuanto tanto de lo que quiero, veo el sabor del suelo, tierra.
Un hilo de arena roja que no para de herir mi nariz.

Y también veo el mismo sueño cuasi imposible, el mismo viejo deseo algo marchito,
junto a él, en el caño, una maraña de pelos, supongo míos.

Del mismo lado en que escribo, aquí, lejos de cangrejos,
de sus brazos y sus abrazos, sus labios y sus besos, sus temblores,
sus sudores, aquí, con mi aliento siempre seco.


Febrero 2003




lunes, 3 de junio de 2013

Huele a ti

Huele al profundo olor de la música,
a sus vibraciones, como a un dulce de artesano,
huele a tus gritos y tu mirada que nunca me ve,
huele al sonido del teléfono por toda la casa.

Sabes, huele al tiempo que no espero,
que corre, pero no avanza,
que se juega con mis pensamientos.

Ese olor a nuevo y a viejo,
a pintura, a comida, a perro, a boca,
a tu perfume y a tu cabello.

Huele al miedo que se va
y a la vida que regresa,
huele y huele y quiero oler más,
pero mi nariz ya no me deja.

Huele a ti.

(Agosto 2003)



miércoles, 17 de abril de 2013

El lenguaje de tus manos mías


A este mundo mío, nuestro, le hace falta recuperar y recrear el lenguaje de la carne. Los callados y sabios versos de nuestros cuerpos. Hacer música con él, cantar canciones en ese idioma. 

Las dulces palabras que salen de las caderas, que conciertan el oído, que hablan en parábolas, que violentan como el aire entre los ojos, el gemido que se escribe entre los muslos. Hace falta escuchar los discursos de las manos, sus enunciados tan amarrados a veces, casi siempre, percibir la voz de sus caricias, el soneto de la piel sobre la piel, de los sudores.

Dejar la ortodoxia gramatical de los labios, que digan, que sientan, que griten, que se dilaten, que se ensucien, un poquito, de vez en cuando. Que nos devuelvan nuestra palabra escrita atrapada entre los dientes, entre las lenguas que se juntan como sinalefas, que las bocas se harten de vida, que las sonrisas sean abecedarios infinitos, que se muerda el alma y su sangre escriba cartas de amor y deseo a sus musas, quienes quiera que sean, pero desnudas, sin miedo.

Hemos silenciado los alegatos de las vísceras, sus enfados, sus dilemas y explosiones, sus heridas. Hemos fragmentado el relato entero, hemos separado cada miembro y a cada miembro de su aliento. Liberemos las estridencias y tráfico de los ímpetus, el lento paso de los nervios que endurecen el envés, el espinazo que pierde el ritmo, su fuerza, su sintaxis, su sostén.

Las siluetas sometidas a regímenes, a holocaustos, sujetos sin predicado, sin verbos, ¡Al Diablo con eso! que las paradojas se conjuguen en el verso que se escribe de pies a cabeza. Que las miradas usen acentos donde no hay vocales. Que los gramáticos del mundo escriban con mayúscula nuestros nombres en todos los diccionarios, que tu vida y la mía sean el alfa y el omega, que nos enredemos los dedos y escuches un canto sobre la vida mientras nuestros pies se acarician.

Ah este mundo mío, nuestro, tuyo, le hace falta escuchar la carne y echarse a danzar hasta cansarse, hasta sentir, hasta vivir.



domingo, 7 de abril de 2013

Rojo Carmesí



El terciopelo que colgaba sobre el escenario siempre había sido rojo, como si hubiera una necesidad de calor alrededor, un rojo carmesí  más intenso que el fuego, que vibraba con las palabras, que enmarcaba las ilusiones apasionadas de quienes parecieran destinados siempre ha encontrarse una y otra vez. Pero esta vez, el rojo era azul, era el azul más gris que nadie haya visto antes, como un adolorido presagio que hería el aire, que congelaba aletargando el alma y la sangre.

Rosario preparaba las palabras que tenía que decir, ensayaba los suspiros que hasta ese día salían naturales, sus manos eran suaves, delicadas, sus dedos se movían tan felices al ritmo de un dulce vals que nunca se acaba, sus brazos delgados conmovían y se revolvían decidiendo el camino, la verdad y la vida. Estaba lista para la función. Sabía que junto a ella siempre estaría compartiendo escena Juan, ese hombre que tanto observaba mientras interactuaban, ese no sé qué que sienten las mujeres cuando quieren decir algo y no se atreven, eran los protagonistas de una historia deleitosa. Él, festejado siempre por su delicada palabra, por la espontanea risa contagiosa, porque para ella era el mejor dando vida, como si donara su propio corazón y se esforzara por meterlo en el corazón de otro, aunque no hubiera ningún espacio para ello.

Al recinto la gente iba llegando, algunos buscaban desesperadamente ocupar un asiento cercano al escenario, una conspiración de testigos, de espías, seductores, amigos y enemigos, una espuma marina, pequeños espectadores del mundo, que contemplaban lo que aún no podían entender, listos para llorar y llorar de risa, tiernos jueces, atentos como si estuvieran convenidos naturalmente a guardar silencio, el público más refinado porque su apreciación sobrepasa los límites, porque capturan las escenas y las palabras como si se endiosaran con ellas, porque tenerlos en la mano es el trabajo más difícil del día, pues cualquier pequeño descuido podría perderlos en un vórtice de gritos al que nadie quisiera llegar. Las luces tomaron sus puestos, respiraron profundo y extendieron sus brazos hasta un lugar cualquiera, donde dos seres habrían de encontrarse.

 La historia reflejaba la visión lúdica de dos personajes que celebran la vida y el amor, un vericueto de musicales, chistes, lánguidas voces, brincos, bailes y más brincos, pequeños diálogos cargados de dulce y un beso, la escena del beso era la favorita de Rosario, porque sólo imaginando podía sentir el cálido tacto de su compañero.

Juan le daba vida a Hilario, el personaje principal, pequeño como los días de invierno, con una gran sonrisa y unos grandes ojos cafés, sus palabras eran cortas, parecía inseguro y frágil como las aves migratorias que se quedan retrasadas, pero de buen corazón, el pequeño héroe de los sueños de un lugar cualquiera; por su parte, en manos de Rosario estaba Ignacia, quien pensaba que en la vida las cosas permanecían para siempre, que la suma de uno más uno irremediablemente siempre sería dos, que detrás de todo verbo conjugado siempre hay un sujeto, era delicada cuando se daba cuenta que la prisa no era necesaria para respirar, difícilmente se le escuchaba decir una de esas palabras que remueven el estómago al más incauto e ingenuo de los hombres, su piel tan delicada por la urdimbre y la trama, y sus manos tan frías y quietas que perdían fuerza cuando Rosario en realidad miraba a Juan.

La historia terminó, el público lleno de alegría se fue repitiendo el estribillo de la última canción, las luces se cruzaron de brazos, y Juan, llegando con paso lento como quien tuviera un remordimiento de algo que nunca supo que hizo, tras bambalinas, anunció a Rosario y a sus otros compañeros, que dejaría el teatro porque se mudaría a otra ciudad por la enfermedad de su madre.

El corazón de Rosario se apagó, se quedó callada como siempre, por un momento se desesperó porque su boca era incapaz de decir nada, de confesar su alma, no entendía los malabares del destino, se enojó con Dios en ese momento, ese tramoyista maldito que extinguió el rojo, le rogaba para que con toda su omnipotencia la poseyera y moviera sus manos y su boca para obligar a Juan a quedarse, a no dar un paso más, pero sabía que eso no sucedería, entró a su camerino, tomó entre sus brazos a la pobre Ignacia, entendió su pena y lloró con ella, aunque sabía que el fieltro era incapaz de llorar, desenredó sus brazos y sus piernas que caían sin vida, le dijo al oído “Todo estará bien” y la guardó en su caja de una madera tan afable como la tristeza, sabía que al otro día Ignacia tendría que salir a escena, que nada sería igual, que sus manos caminarían diferente, quizá más lento, porque el corazón que daba vida al Hilario que ella amaba se habría ido a otro lado.

Daniel Vargas Zúñiga
29 de septiembre de 2011



miércoles, 27 de marzo de 2013

Eufonía

Melodía sin nombre,
sin secuencia, ni recuerdos,
que suena al martillo que golpea,
a las balas que nos matan,
al quejido de la avispa
que se quema y se aparea.

Melodía de mujeres
que me atestan el ocio y la víscera
de promesas y de usuras,
como hielos en la hielera
o gatos entre la basura.

Melodía de las calles,
de gargantillas de finas damas,
de los turbios espejos de las niñas,
o el rubor aburrido que tanto amas.

Melodía de las sombras,
de tus latidos por la mañana,
de tu garganta seca,
carencia que desea dulces ruidos
de cucharas o vajillas,
de los autos y las aves,
de tu rostro enardecido,
de insultos y tunantes.

Melodía de la noche,
que no dices nada,
ni mandas ningún aprecio,
háblame al oído, ampárame,
sedúceme con cadencia y ritmo
el lento baile de mi silencio.

Abril 2003


Sobre el Despiste (Extracto)

Mis palabras son tan holgazanas y desidiosas que se obstruyen unas a otras queriendo decir cualquier cosa, queriendo pensar o recordar algo significativo, están tan próximas al nihilismo, a los oscuros rincones de mi existencialista red de neuronas, me pregunto ¿cómo las devuelvo de sus vacaciones, de su descanso, de su parrandera vida? Duermen sin que yo pueda hacer nada.          

La disidente simpatía que tengo por la estupidez, me recuerda la animalidad de mi persona, la bobeidad cínica de quien está más próximo al cacicazgo de las ideas abruptas, soy un monopolizador de la estulta espontaneidad, de la estolidez racional, lógica, estructural, bien pensada, bonita, esa que puede sin tanto esfuerzo ni enfado generar risotadas que alimenten el círculo vicioso.

Soy víctima de los días aciagos, aburridos, soy esclavo del ocio, del aire de la primavera, de los pechos sudorosos, de las palabras rimbombantes, del sistema escolar, de la poesía existencial, de las aspirinas, los cerebros hinchados, del insomnio activista que me somete. Soy esclavo de mis propios ojos, de las pestañas que me atrapan, amante de mi propia nariz porque a veces no puedo mirar más allá de ella.

La palabra más dulce, más sabia, más inspirada, más brillante se me muere siempre entre los dientes, se queda sin vida como los vampiros porque se desintegra con la luz, se enreda entre la viscosidad de mi lengua y el paladar hundido. La palabra más vacía y ligera, esa siempre ha de aparecer estelarmente entre desaforados y entrópicos deleites, miserable como el tiempo en que nace, crece y luego muere, sin ningún destino, pisando fuerte hasta quedar enterrada en los recuerdos de otros, pero no en los míos. 

Soy un hombre distraído y despistado, me reconozco tal cual, y me río singularmente de quienes lo son, pero les cuesta aceptar que se encuentran entre las masas de pensamiento impreciso o pueril ¿Por qué no habría de valer igual que el raciocinio desmedido? A fin de cuentas, miren hasta dónde nos ha llevado. Una vida sin tanto pasto en la cabeza tiene amplios y eudemónicos potenciales, no hay mejor terapia, conversión y sanidad, que aprender a reírse de lo estúpido que puede ser uno.
           
Daniel Vargas 
Martes, 20 de marzo de 2012.

miércoles, 20 de marzo de 2013

El Ábaco de mis Memorias


Que recuerdos bastan para permanecer en la historia, los que carecen de esa irrisoria elocuencia o los que deambulan entre las fugaces ensoñaciones de una vida acostumbrada a las normas, a lo cotidiano. Que memorias habrá que conservar sino las que contengan significados llenos de aromas, de locura, de irrealidad que nos ata al flujo de la vida vista desde un ángulo diferente, desde la torre más alta para ver de cerca el mundo, o desde el pozo más hondo para añorar las mañanas y sus soles.

Los recuerdos se me recorren como las sumas de un ábaco, se cargan de un lado dejando huecos, dejando restas, multiplicando exponencialmente aquellos que me han llenado de aires buenos, de sabores lindos, como la espuma de la cerveza o la sangre de mi nariz, dividiendo hasta el ostracismo aquellas imágenes que no me dicen nada, de rostros hurtados a los álbumes del olvido, seguramente por su incapacidad de mostrar su humanidad, débil, rota, igual que la mía, igual que la de todos.

Habrá que condecorar las palabras de mi boca que se atreven a decirse, a contarse, a exponer su frágil existencia, para ser ellas mismas la historia de una vida llena de contrastes, de anécdotas que prefirieron existir a nunca ser habladas o recordadas. Triste de aquellos que las niegan por su incapacidad de saberse creadores, humanos, señores de la vida, de aquellos que han desperdiciado el aire queriendo respirar el de los demás.

Historia del tiempo que ha recorrido sus segundos, del tiempo que no se detiene, de los amores y los odios, de excentricidades y represiones que se enamoran unas de otras, que engendran vanas memorias de días que quizá no debieron vivirse, pero que son indispensables para subir peldaños, escalar telarañas, escombrar viejos cajones llenos de viejas imágenes de lo que fue y no será o de lo que está siendo, respirando, comiendo, cogiendo, viviendo o llorando.

No cabe duda que en estos tiempos de pesadas y lentas elucubraciones, se necesita de una avispada mente capaz de almacenar algorítmicamente todas esas frugales y sobrias reseñas de lo que la vida nos otorga o nos quita, nos ilumina u obscurece, nos difumina, altera o ennoblece. Dónde está mi mente, hasta dónde me ha llevado, con todos nosotros, hasta dónde. 

Miércoles, 29 de Febrero de 2012
1:32 a.m

Por la Libertad, así como por la Honra se puede y debe aventurar la Vida.