Algo me ha enseñado la vida, que hay que saberse a uno mismo, con todas sus posibilidades e imposibilidades y hacer lo que se pueda, también me ha enseñado que existe gente que le genera culpa, ansiedad o miedo o algo en el alma, su ausencia de libertad para reconocerse, para asimilarse, para asumir su rostro, su pequeñez, las ausencias o carencias de su fugaz existencia, y cuyo salvamento pueril para asirse a la vida es su conciencia ministerial y moralista de lo correcto y lo incorrecto, sus prejuicios racionalistas que les dictan manuales de cómo se deben hacer las cosas y su mirada policiaca, y por lo tanto estrecha, pendiente siempre de lo que otros hacen o dicen. Pero la verdad es que uno no tiene la culpa.
El desborde del intempestivo corazón y sus intempestivas razones. Poesía melosa, opinión absurda, descripción borrosa, foto visceral, arte amateur y hormonal.