Dicen en la plaza que se quedaron casi desnudos y una señora se perdió sabe dónde, que unos cuántos pesos no les sirven de nada, que el pinchi coyote se quedó con su lana. Para qué entonces, los niños ya no quieren caminar más, que se les acabaron los gansitos y los churritos y apenas les quedó un poco de agua, que sus zapatos yastán bien rotos, que allá en los iunaites se comprarán una pizza, de esas que son de piña, y una coca fría, la neta ahora sólo piensan en llegar.
Lejanas noticias en el camino.
El desborde del intempestivo corazón y sus intempestivas razones. Poesía melosa, opinión absurda, descripción borrosa, foto visceral, arte amateur y hormonal.
martes, 22 de octubre de 2013
miércoles, 21 de agosto de 2013
Uno no tiene la culpa
Algo me ha enseñado la vida, que hay que saberse a uno mismo, con todas sus posibilidades e imposibilidades y hacer lo que se pueda, también me ha enseñado que existe gente que le genera culpa, ansiedad o miedo o algo en el alma, su ausencia de libertad para reconocerse, para asimilarse, para asumir su rostro, su pequeñez, las ausencias o carencias de su fugaz existencia, y cuyo salvamento pueril para asirse a la vida es su conciencia ministerial y moralista de lo correcto y lo incorrecto, sus prejuicios racionalistas que les dictan manuales de cómo se deben hacer las cosas y su mirada policiaca, y por lo tanto estrecha, pendiente siempre de lo que otros hacen o dicen. Pero la verdad es que uno no tiene la culpa.
miércoles, 3 de julio de 2013
Días de tormenta
Es el huracán de los días de tormenta, recostado sobre la alfombra, a tu lado, abrazados, contagiando el aire de su olor a tiempo. En este mar escondido entre cuatro paredes, cuyo oleaje se evapora mientras hablamos y sólo mi estómago se aquieta con una música de pianos y tambores.
Mis manos se apestan a tabaco incinerado. Suerte del humo que se va al cielo y mira todo desde arriba, ensuciando las narices, nublando la vista y las conciencias.
Y los ladridos quietos inundan mis oidos, es lo único que escucho, es lo único que retumba, es lo único que sé, por ahora...
Enero 2004
Mis manos se apestan a tabaco incinerado. Suerte del humo que se va al cielo y mira todo desde arriba, ensuciando las narices, nublando la vista y las conciencias.
Y los ladridos quietos inundan mis oidos, es lo único que escucho, es lo único que retumba, es lo único que sé, por ahora...
Enero 2004
REFLEJO
Del mismo lado en que escribo, he olido mi aliento seco frente al espejo.
Veo estaño corroído y cepillos con cerdas gastadas.
Y no veo más que un cuanto tanto de lo que quiero, veo el sabor del suelo, tierra.
Un hilo de arena roja que no para de herir mi nariz.
Y también veo el mismo sueño cuasi imposible, el mismo viejo deseo algo marchito,
junto a él, en el caño, una maraña de pelos, supongo míos.
Del mismo lado en que escribo, aquí, lejos de cangrejos,
de sus brazos y sus abrazos, sus labios y sus besos, sus temblores,
sus sudores, aquí, con mi aliento siempre seco.
Febrero 2003
lunes, 3 de junio de 2013
Huele a ti
Huele al profundo olor de la música,
a sus vibraciones, como a un dulce de artesano,
huele a tus gritos y tu mirada que nunca me ve,
huele al sonido del teléfono por toda la casa.
Sabes, huele al tiempo que no espero,
que corre, pero no avanza,
que se juega con mis pensamientos.
Ese olor a nuevo y a viejo,
a pintura, a comida, a perro, a boca,
a tu perfume y a tu cabello.
Huele al miedo que se va
y a la vida que regresa,
huele y huele y quiero oler más,
pero mi nariz ya no me deja.
Huele a ti.
(Agosto 2003)
a sus vibraciones, como a un dulce de artesano,
huele a tus gritos y tu mirada que nunca me ve,
huele al sonido del teléfono por toda la casa.
Sabes, huele al tiempo que no espero,
que corre, pero no avanza,
que se juega con mis pensamientos.
Ese olor a nuevo y a viejo,
a pintura, a comida, a perro, a boca,
a tu perfume y a tu cabello.
Huele al miedo que se va
y a la vida que regresa,
huele y huele y quiero oler más,
pero mi nariz ya no me deja.
Huele a ti.
(Agosto 2003)
miércoles, 17 de abril de 2013
El lenguaje de tus manos mías
A este mundo mío, nuestro, le hace falta recuperar y recrear el lenguaje de la carne. Los callados y sabios versos de nuestros cuerpos. Hacer música con él, cantar canciones en ese idioma.
Las dulces palabras que salen de las caderas, que conciertan el oído, que hablan en parábolas, que violentan como el aire entre los ojos, el gemido que se escribe entre los muslos. Hace falta escuchar los discursos de las manos, sus enunciados tan amarrados a veces, casi siempre, percibir la voz de sus caricias, el soneto de la piel sobre la piel, de los sudores.
Dejar la ortodoxia gramatical de los labios, que digan, que sientan, que griten, que se dilaten, que se ensucien, un poquito, de vez en cuando. Que nos devuelvan nuestra palabra escrita atrapada entre los dientes, entre las lenguas que se juntan como sinalefas, que las bocas se harten de vida, que las sonrisas sean abecedarios infinitos, que se muerda el alma y su sangre escriba cartas de amor y deseo a sus musas, quienes quiera que sean, pero desnudas, sin miedo.
Hemos silenciado los alegatos de las vísceras, sus enfados, sus dilemas y explosiones, sus heridas. Hemos fragmentado el relato entero, hemos separado cada miembro y a cada miembro de su aliento. Liberemos las estridencias y tráfico de los ímpetus, el lento paso de los nervios que endurecen el envés, el espinazo que pierde el ritmo, su fuerza, su sintaxis, su sostén.
Las siluetas sometidas a regímenes, a holocaustos, sujetos sin predicado, sin verbos, ¡Al Diablo con eso! que las paradojas se conjuguen en el verso que se escribe de pies a cabeza. Que las miradas usen acentos donde no hay vocales. Que los gramáticos del mundo escriban con mayúscula nuestros nombres en todos los diccionarios, que tu vida y la mía sean el alfa y el omega, que nos enredemos los dedos y escuches un canto sobre la vida mientras nuestros pies se acarician.
Ah este mundo mío, nuestro, tuyo, le hace falta escuchar la carne y echarse a danzar hasta cansarse, hasta sentir, hasta vivir.
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